Explorando el Parque Nacional de la Península de Bruce en Canadá

Una lista aparece en la entrada del centro de visitantes del Parque Nacional de la Península de Bruce en Canadá, es la crónica de alistamientos de fauna que han hecho los turistas esa semana y la verdad que el inventario sorprende, así en ella aparecen osos negros, puercoespines, mofetas y un largo número de especies que ni siquiera sé traducir al español.

Un relatorio que despierta mi envidia de biólogo (ya emocionado por conocer las famosas marmotas meteorólogas), pero que por otro lado aumenta mis expectativas de que durante este viaje quizás pueda ver en vivo alguno de los grandes animales de los que siempre presume Canadá; con todo vuelvo a la realidad muy pronto al ver que todos los turistas nos dirigimos a los mismos senderos de madera, muchedumbre que ahuyentara seguro a los tímidos osos o a los escurridizos ciervos.

Parque nacionales de Canada
Parque nacional de la Península de Bruce  Foto: Miguel Ángel Otero Soliño

Me gustaría escapar de las sendas principales y lanzarme a la aventura, pero voy en grupo y además el espeso bosque de coníferas asusta sin un adecuado equipamiento, ya que las posibilidades de perderse en él me parecen muy altas, así que me conformaré con disfrutar del paisaje y del correteo de las simpáticas ardillas.

ardilla
Ardilla en el parque nacional de Península de Bruce  Foto: Miguel Ángel Otero Soliño

La floresta canadiense del estado canadiense de Ontario es menos diversa que la ibérica y por momentos incluso se hace monótona, pero la Península de Bruce guarda interesante tesoros naturales vegetales especialmente en lo que se refiere a su diversidad de flores (entre ellas muchas orquídeas) y a su vegetación de cantil, donde encontramos verdaderos reductos vestigiales de cedros, líquenes y musgos que han sobrevivido al pasar de la historia natural y geológica.

La existencia de acantilados es reflejo de la existencia de importantes masas de agua, de hecho el frente costero es sin duda una de las partes más hermosas del parque nacional; los grandes lagos americanos sorprenden por su inmensidad hasta el punto que uno los confunde con un mar, aunque la ausencia de salitre rápidamente nos recuerda que nos encontramos ante un inmenso reservorio de agua dulce.

Lago Hurón
Las transparentes aguas del parque  Foto: Miguel Ángel Otero Soliño

La transparencia y belleza de las aguas del Lago Hurón y en concreto de su Bahía Georgiana, hace diluir cualquier duda que podríamos tener de porque este Parque Nacional ubicado al Norte de Toronto, fuese protegido haya por el año 1987.

Nos refrescamos en las aguas del lago y seguimos nuestra ruta por los acantilados en búsqueda de su famoso Grotto, que nunca encontramos pero que cuya infructuosa búsqueda dio lugar a algunas de las anécdotas más divertidas del viaje.

Canada Ontario
Una de las zonas lacustres existentes en el parque nacional  Foto: Miguel Ángel Otero Soliño

Proseguimos nuestro camino por bosques y lagunas, hasta que el inicio del atardecer nos recuerda que debemos volver a la antinatural civilización. El paseo por este pequeño parque nacional (solo abarca 154 km2 de extensión) se nos ha hecho, valga la redundancia, corto, pero la infinita belleza de sus paisajes permanecerán con nosotros eternamente porque la naturaleza es así, deja improntas y muchos recuerdos imborrables.

Explorando el Parque Nacional de la Península de Bruce en Canadá
Actualizado el 22 mayo,2018.
Publicado por 

Anuncios

La isla de la sirena

El día avanza mientras el compás de las olas renueva la salitre de la playa, dos almas miran al horizonte en la espera de encontrar preguntas que sustenten la conversación; ambos parecemos deseosos de caer en la intimidad de los besos, pero el silencio atemoriza más que un puñal helado y no acabamos de sintonizar nuestros labios; de pronto ante nuestros ojos una sombra se introduce en las aguas dejando un rastro de sonoro chapoteo

– “¿Que ha sido eso?”  me pregunta entre curiosa y preocupada

– “Fue una sirena” le respondó ágilmente

– “O unos gamusinos no te fastidia

– “Es una sirena, porque vengo muchas veces aquí y la conozco se llama Mariña

– “Anda si además tiene nombre, esto se pone interesante” me replica en creciente ironía

– “Ves a lo lejos aquella isla, se llama Sálvora y allí tiene su hogar, si quieres agarramos la barca y te la presento

– “Venga vamos

Salvora
La sirena de Sálvora  Foto: Miguel Ángel Otero Soliño

La isla de Sálvora es sin duda la joya más desconocida del Parque Nacional de las islas Atlánticas de Galicia, un territorio pintado por la brocha del Atlántico y que protege con su cuerpo la riqueza innata de la Ría de Arousa.

Sálvora no cuenta con los vertiginosos acantilados que caracterizan sus archipiélagos hermanos de Cíes y Ons, pero guarda innumerables tesoros que son dibujados en un lienzo único que incluye playas de virginal arena, un pequeño bosque donde se refugian ciervos y caballos salvajes (traídos en el pasado a la isla para uso cinegético) y un hermoso faro, que en su nocturna actividad ilumina el antiguo pazo propiedad de la familia de los Otero-Goyanes. 

Un paraíso donde anidan incontables aves, que buscan su sustento en unas aguas ricas en fauna piscícola. Mar de aguas cristalinas, donde es frecuente ver surfear a grupos de arroaces, cuya acuática danza camufla muchas veces las inmersiones de Mariña, el ser más famoso de la isla.

Cuenta la leyenda que el héroe medieval Roldán, encontró anónimo refugio en la isla de Salvóra; así un día paseando por la playa, el héroe de la lucha contra los sarracenos, se encontró a una sirena moribunda en la orilla, sin dudarlo un segundo la rescató y cuidó de ella hasta que se recuperó totalmente de sus heridas.

Roldán no pudo evitar enamorarse de la sirena, la cual era incapaz de hablar y por ello al desconocer su nombre, decidió llamarla Mariña como hija del mar que era. El amor no tardaría en surgir entre ambos y acabaron por tener un hijo al que denominaron Juan.

Un día, en coincidencia con la festividad del santo de su hijo, Roldán tomó a su hijo en brazos y procedió a saltar una hoguera; Mariña desconocedora de la tradición y pensando en un trágico destino para ambos, emitió un gran grito, recuperando de súbito su bella voz.

El hijo de Roldán y Mariña crecería feliz y al hacerse mayor abandonaría la isla fundando con el tiempo uno de los linajes más famosos de Galicia el de los Mariño. Al morir Roldán, Mariña volvió al mar y se convirtió en la eterna guardiana de la isla, compartiendo sus funciones con el espíritu de su amado.

Pazo Otero-Goyanes
Antiguo Pazo de los Otero-Goyanes en la isla de Sálvora  Foto: Miguel Ángel Otero Soliño

– “Aquí esta, te presento a Mariña

– “Bahhh… eso es solo una estatua de una sirena”

– “Ya… pero es que Mariña es muy escurridiza y no se deja ver fácilmente, pero a veces se le puede ver varada en esta playa recordando a su amado Roldán”

– “¿Cuanto tiempo ha pasado desde que marchó para siempre su amor?”

– “Pues casi 12 siglos…”

– “Que mentiroso eres, si fuera cierto tu “sirenita” ya debería haber muerto”

– “No, porque se dice que Neptuno concede a los seres del mar la posibilidad de ser eternos, para ello deben encontrar durante la marea baja a un humano a quien amar”

– “¿Así? pues entonces quiero ser sirena y nadar para siempre entre corales y delfines”

Sin mediar más palabra, ella se desnudó y fue corriendo al encuentro del mar mientras el sol del atardecer dibujaba trazos de colores sobre su bello cuerpo; jugaba a ser sirena mientras yo no pude evitar enamorarme aun más de ella, como un marino griego listo a sufrir eternamente su condena.

Regresamos antes de que la noche oscureciese el perfil de la costa, tras amarrar la embarcación la acompañé hasta su casa sin apenas saber que decir; a los pies de su puerta nos dispusimos a hacer el ritual de despedida, pero su boca no se dirigió a mi mejilla y busco contacto con mis labios, tras ello sentí un beso que se alargó durante minutos y que terminó con un susurro en mi oído.

– “Te vuelvo a ver durante la baja mar”

La isla de la sirena
Actualizado el 26 febrero,2018.
Publicado por