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Hay cientos de rutas en Galicia pero la del río Mao en el municipio orensano de Parada de Sil es de las que enamoran a los incrédulos, porque el devenir de su pasarela parece dirigirnos hacia el mismísimo cielo en un éxtasis natural que nos obliga a declarar incompleta la belleza de la Ribeira Sacra hasta que uno no conoce este camino de interminable belleza.

Río Mao

Senda del Río Mao  Foto: Miguel Ángel Otero Soliño

La senda es pura fantasía visual incluso antes de iniciarla, ya que uno accede a la misma a través de una carretera de curvas infinitas cuyos giros dibujan con arte de delineante la pendiente de la ladera, creando terrazas donde el vino se nutre de la calidad de la tierra. Una vez traspasada la frontera de los viñedos, el bosque se abre paso y allí a la altura de una antigua central eléctrica, hoy en día albergue, nace la célebre serpiente de madera que sin veneno desciende en cota al compás del río.

Durante casi un kilómetro cientos de arboles de autóctono pedigree llenan de hojarasca otoñal los tablones y regalan fotografías a los visitantes quienes atraídos por la vista y el fluir de las aguas parecen dirigir su paso hacia el majestuoso río Sil, creador de los cercanos cañones y receptor de toda la savia del Mao.

Río Mao

Río Mao justo antes de confluir con el Sil  Foto: Miguel Ángel Otero Soliño

La pasarela de madera acaba y comienza nuestro sollozo peregrino; lagrimas que parece que han ensanchado el río creando espacios aptos para los cormoranes y los amantes de la pesca. La ruta continua y gana de nuevo pendiente a la altura de una aldea de ario acento rural y cuyos moradores seguramente se harán cargo de las terrazas cercanas. Monumentos al vino erigidas para mayor gloria del dios Baco, quien dicen que espera a catar su cosecha al pie del río Sil, lugar donde muere nuestra ruta y en donde comienza nuestro gozo eterno.

La senda del río Mao, pasarela hacia el cielo
Actualizado el 19 enero,2016.
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Quién sabe quién condenó a las tierras castellanas a ser esas de tierras de paso y de tediosa monotonía; campos y barbechos, girasoles perfeccionistas, plantaciones de chopos y decantes palomares. Uno parece ver un campo castellano y piensa que los ha visto todos, pero a la par se nos escapan múltiples detalles que hacen de ese sereno y tranquilo paraje cuna de indudables emociones.

Campos de Castilla

La Belleza Castellana  Foto: Miguel Ángel Otero Soliño

Durante mi infancia, recuerdo insufribles viajes a lo largo de España con mi familia, en los cuales a través de cientos de “¿Cuándo llegamos?”, cruzábamos la monotonía de las interminables autovías de la España interior. Aquello, en una época en la que no existían DVDs portátiles o consolas, era un auténtico suplicio visual en el que pasábamos parte de nuestro tiempo añorando nuevos bodegones de verde colorido, con trazos de mar y montañas, que nos permitieran matar las horas de travesía.

campos helados

Campos helados en Castilla  Foto: Miguel Ángel Otero Soliño

Este sentimiento era compartido por todos mis conocidos; todos odiaban estos paisajes y aunque decían que en la antigüedad era tal frondosidad que una ardilla podía saltar de rama en rama de los árboles en un recorrido de punta a punta de la península, mis ojos de aquella época solo divisaban entornos pelados y muertos.

Atardecer castellano

Atardecer en un camino castellano  Foto: Miguel Ángel Otero Soliño

Pero en un viaje con unos compañeros naturalistas mire más allá y comencé a dar valor a toda aquella acuarela dominada por interminables campos de trigo; de pronto un cernícalo comenzó a aletear fuertemente hasta hacer un brusco picado en busca de una despistada presa. Vaya espectáculo… ¡El campo parecía no estar baldío!

El resto del trayecto se llenó de vuelos de milanos reales, del correteo de liebres e impolutas avutardas. Un maratón que terminó en un atardecer de anaranjado infinito, que llenó de recuerdos nuestras cámaras de fotos.

Cuando la luna hizo acto de presencia, Castilla mostró sus joyas y un lucero de diamantes en forma de estrellas lleno el aire puro de la tierra; había incluso quien no había visto nunca las constelaciones, envenenado por la contaminación lumínica de las ciudades. La noche se complementó con leyendas que nos encandilaban de niños, que rechazábamos de quinceañeros y que ahora surgían como trazados incompletos en nuestra memoria.

Aquella tarde fue sin duda lo mejor del viaje, descubrimos sin quererlo que no existen paisajes de primera o segunda categoría, sino sencillamente existen espacios mal interpretados.

Llámense campos castellanos, leoneses, Monegros o estepas de Lleida, cada paraje en la naturaleza tiene un tesoro escondido, cuyo paradero solo será revelado a quien se adentre en él con curiosidad y respeto.El tesoro pueden ser los olores de unas hierbas aromáticas, el sonido de sus noches, la riqueza de su cultura o los sabores de su gastronomía. El valor de su contenido varía en función de la sensibilidad que haya desarrollado cada persona; envenenado por las fantasías tropicales, uno descuida que existen mágicos espacios a nuestro alrededor de singular belleza y riqueza. Los humanos somos tremendamente superficiales y tópicos, pero si nos enseñan adecuadamente podemos ser capaces de cambiar, solo es cuestión de voluntad y de empeño.


La belleza castellana
Actualizado el 5 abril,2017.
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