Si hiciéramos un ranking de los animales más queridos, sin duda en las primeras posiciones aparecerían los pingüinos; estos animales de torpe andar y de curiosidad innata transmiten empatía tanto a niños como adultos que siempre destacan sus virtudes hasta un punto que rozan la idealización, olvidándose de que no solo la leyenda de la fidelidad eterna de los pingüinos es parcialmente falsa, sino también que incluso a veces existen hembras que se prostituyen, aunque no por dinero sino por algo más valioso en la Antártida: las piedras.

pingüinos de Adelia

Una pareja de pingüinos de Adelia  Foto: Miguel Ángel Otero Soliño

Una de las especies que tienen ese curioso comportamiento es el pingüino de Adelia, un ave que se caracteriza por su pequeño tamaño (suele medir entre 60-70 cm y pesa entre 4-7 kg) y por poseer un anillo blanco alrededor de sus ojos. Una especie oriunda de la Antártida y que no cría fuera de las aguas polares aunque ocasionalmente se deja ver por tierras más al norte del paralelo 60º.

Aunque en mis viajes por el Polo Sur había visto a esta especie en varias ocasiones, no fue hasta que desembarque en la isla Avian en la Península Antártica cuando pude conocer en más detalle a esta enigmática ave, ya que este pequeño islote cuenta con más de 35.000 parejas reproductoras siendo la colonia más importante de la región.

Guijarros que valen su precio en oro

En mi visita a la isla no pude apreciar los coqueteos y proposiciones indecentes asociadas al apareamiento pingüinil ya que la mayoría de las crías ya habían nacido, pero si me dí cuenta de la cantidad de guijarros existentes en los nidos. Aparentemente, los machos de Adelia ofrecen piedras a las hembras durante el cortejo, la escasez de material para construir los nidos hace que estas perciban las piedrecitas como autenticas joyas; se puede decir que en esencia la hembra no suele acceder al apareamiento sino hay piedras de por medio y esto sucede aunque la pareja se mantenga estable a lo largo de los años.

Pingüinos de Adelia

Pingüinos de Adelia  Foto: Campaña antártica 2006/07

Prostitución entre pingüinos

Este deseo por poseer piedras ha llevado a que algunas hembras se “prostituyan” por las mismas y así, aprovechando los períodos en que el macho abandona la colonia en busca de alimento, aceptan ser “infieles” a cambio de pedruscos ofrecidos por otros machos desparejados. A veces, incluso las pingüinas engañan a estos “solteros de oro” y realizan todo el ritual de cortejo aceptando sus piedras pero no teniendo relaciones sexuales con ellos.

Hay que tener en cuenta que tanto machos como hembras roban habitualmente piedrecitas de otros nidos, pero estos hurtos pueden acabar en dolorosas peleas; con esta estrategia las hembras pueden ahorrarse los posibles daños físicos obteniendo no solo piedras gratis, sino que a la par que consiguen testear a otros posibles machos en el caso de que sus casales mueran; no hay que olvidar que los pingüinos sufren constantemente ataques de focas leopardo, leones marinos u orcas y por ello existen muchas posibilidades de que la pareja no aparezca en la colonia en el siguiente ciclo reproductivo.

pingüinos de Adelia

Colonia de pingüinos de Adelia  Foto: Campaña antártica 2006/07

Los biólogos a los que acompañaba en la visita a la isla (y que realizaban un estudio sobre el impacto del cambio climático sobre los pingüinos) se quejaban de que los Adelia (que deben su apelativo al explorador Dumont d´Urville quien bautizó una vasta extensión de territorio en homenaje a su sufrida esposa Adelia) son los pingüinos más difíciles de manejar y eso pese a que están dentro de la categoría de los pingüinos de tamaño medio tirando a pequeño; pero esta especie puede definirse fácilmente con aquella frase de “pequeñita pero matona” y de muestra solo hay que ver que son capaces de criar en el interior del continente antártico, algo de lo que sólo ellos y los pingüinos Emperador pueden presumir.

Una tierra agreste llena de lecciones de biología

La isla de Avian era pequeña (unas 800 hectáreas) y visualmente poco atractiva, al menos comparado con el espectacular entorno de Bahía Margarita, pero sus malorienta tierra rocosa servía de soporte físico no solo a estos simpáticos pingüinos sino también a las colonias más australes de Petreles gigantes del Sur y de Cormoranes de ojos azules.

Resulta curioso ver este vergel de vida en una tierra indómita, un espacio agreste donde los polluelos crecen al amparo protector de sus padres; progenitores capaces de lo que sea por mantener viva la genética de su estirpe, un comportamiento animal no objeto de censura, porque la naturaleza es lo que es y de la misma forma que no podemos idealizarla tampoco debemos condenarla, ya que todos tenemos un objetivo último: la supervivencia.

Isla Avian

Yo junto a un grupo de pingüinos de Adelia en Isla Avian  Foto: Miguel Ángel Otero Soliño

La isla donde los pinguinos se prostituían
Actualizado el 15 febrero,2016.
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Los viajes siempre están llenos de anécdotas, desarrollos argumentales únicos que convierten a un destino en un recuerdo imborrable; puedo decir que el día que visite Olinda en Brasil viví uno de esas experiencias que uno narra solo en ocasiones especiales, pero por desgracia no puedo mostrar en imágenes porque eso es parte de la gracia de la historia.

La llegada a Recife y a un nuevo continente

Era el año 2006 y tras cruzar navegando todo el Atlántico recién habíamos arribado al estado brasileño de Pernambuco, donde haríamos una escala en Recife antes de alcanzar nuestro destino final en la Antártida.

La llegada a puerto es siempre un momento muy especial para los marinos ya que no solo supone romper la rutina, sino también la oportunidad de descubrir un nuevo destino; para mi era más emocionante aun si cabe ya que era la primera vez que cambiaba de continente y tenía ante mí un nuevo país lleno de sorpresas, desafortunadamente era el novato y me tocaba hacer la primera noche de guardia en puerto. Así mientras mis compañeros salían a disfrutar de tierra firme, yo hacía mi guardia en el portalón mirando con desdén el tránsito portuario, un aburrimiento supino del que solo conseguía evadir cuando practicaba funciones de mi nueva cámara y hacía cábalas de las miles de fotos que iba a sacar en los días siguientes.

Recife

Puerto de Recife en aquella aburrida guardia  Foto: Miguel Ángel Otero Soliño

Novatada viajera

En cuanto pude huí con premura del aquel altar a la monotonía y fui en búsqueda de un hotel donde descansar un rato antes aventurarme a descubrir la ciudad. Al llegar al alojamiento, donde también se alojaban otros colegas de trabajo, tuve mi primera novatada viajera al descubrir que los enchufes no eran iguales a los de España y no podía cargar mis dispositivos; de tanta frustración acabe por reventar el enchufe al intentar introducir el cargador que parecía que iba a entrar pero no lo hacía, momento en que me dí cuenta que el mundo no se mueve a veces por patrones lógicos, como el tener el mismo tipo de enchufe.

Olvidado el percance, tras una siesta reparadora, el resto del día se resume en fiesta, bebidas con nombres tropicales y una resaca que aun recuerdo con dolor. Al levantarnos al día siguiente alguien propuso ir a Olinda, una localidad cercana a Recife que nos había comentado que merecía la pena visitar. Así que sin pensárnoslo y sin ninguna cámara con batería (todos habían sufrido el tema de los enchufes y los móviles de aquella tenían cámaras pésimas) tomamos un taxi y nos dirigimos a la aventura de lo desconocido.

Olinda, una bella sorpresa 

Olinda fue una sorpresa inesperada, ningún de nosotros sabía previamente que sus edificios e iglesias, que se levantaban de forma anarquica entre retales de vegetación tropical, eran mecedores de la máxima consideración de la Unesco; predios que destilaban colonialismo portugués y que lucían un aspecto exterior descuidado, casi cercano al abandono, algo desgraciadamente muy típico en los cascos históricos brasileños. Con todo Olinda era bella y en el pasado debió serlo más, ya que la leyenda dice que su topónimo nació de la boca del donante de estas tierras, Duarte Coelho, que siglos atrás exclamó “Oh linda situación para construir una villa“.

Mientras caminábamos entre calles mal asfaltadas y gente sentada a la puerta de sus casas, nos llamó la atención un negocio donde, entre otras cosas, vendían cámaras de usar y tirar; era ya algo obsoleto para aquella época, pero dado que todos queríamos retratar aquel pintoresco municipio compramos una en común, con la promesa de repartirnos las instantáneas en cuanto pudiéramos revelarlas.

Por momentos parecía que nos movíamos guiados por el divertido espíritu del carnaval de Olinda (uno de los más famosos y auténticos de Brasil) y empezamos a sacarnos fotos de cachondeo hasta sufrimos la pesadilla del  viajero analógico y nos quedamos sin carrete.

Un guía improvisado que guardaba una sorpresa

El fin del “reportaje fotográfico” se sincronizó con nuestra hambre y así que decidimos preguntar por un restaurante a un hombre que en ese mismo momento se cruzaba delante nuestra; sin recordar como, el paisano acabó no siendo solo nuestro guía gastronómico sino también turístico.

El “guía” nos marco el paso a lo largo de un tour callejero con el que nos enamoramos profundamente de alma de Olinda; con todo también nos había desorientado y alejado del centro, no sabíamos muy bien donde estábamos y así que llegado un momento decidimos acabar con aquel paseo y le pedimos que nos pidiese un taxi para marcharnos de vuelta a Recife. El hombre que en todo momento se había comportado con extrema amabilidad, nos llevó a una plaza y dijo que iba a hablar con un amigo taxista y que esperásemos allí; en ese momento me di cuenta que no había turistas y estábamos solos allí, pero aun así no le dí más importancia ya que el ambiente parecía seguro. Empezamos a comentar entre nosotros cuanto le deberíamos pagar y tras un breve debate acordamos un precio global más que justo, pero el guía tenía otros planes en mente…

Olinda Pernambuco

Dado que no pude obtener ninguna foto durante la excursión a Olinda, solo me queda el recurso de mostraros las que ofrece la Wikipedia

El hombre llegó acompañado de 3 personas, una de ellas era el taxista y otras no sabíamos quiénes eran pero pronto descubrimos que venían a intimidarnos; más llegar y prácticamente sin mediar palabra nos pidió una cantidad desorbitada por sus servicios, momento que nos dimos cuenta que aquello era una trampa. Le dijimos que le íbamos a pagar la cantidad que habíamos acordado entre nosotros y nada más que eso, ante ese comentario el hombre borró toda su amabilidad y se puso en modo amenazante, diciendo que le teníamos que pagar lo que él pedía y que hasta nos hacía un favor porque éramos españoles puesto que a los americanos les pedía más. De nuevo le respondimos negativamente, ante lo cual la amenaza subió de tono mientras sus “colegas” nos miraban desafiantes; en ese momento comenzamos a temer que aquello acabase mal, no negociábamos con el chico amable que nos había dado un paseo agradable por Olinda, era un chantajista que ahora nos amenazaba y vete a saber si sus acompañantes no venían armados.

La escena ya estaba llamando mucho la atención en el vecindario y el falso guía se estaba poniendo más nervioso y así que decidimos darle algo más de dinero, pero no todo lo que pedía alegando que nos lo habíamos gastado todo en la comida. Finalmente, tomó el dinero y se fue murmurando maldiciones en portugués, mientras nosotros nos quedamos a solas con el taxista.

El taxista que no era taxista

Recordándolo no se porque nos montamos en aquel taxi (vista que era el recomendado por el estafador) y más aún cuando minutos después de salir el conductor quitaba la luz de taxi del techo, pero creo que teníamos tantas ganas de marcharnos de allí que nos dio igual. Habíamos negociado el mismo precio que nos había costado el viaje de ida con taxímetro, pero con lo que no contábamos es que íbamos a hacer el recorrido a la velocidad de la luz; el falso taxista, sin hablar en todo el trayecto, fue capaz de llevarnos a más de 100 km/h por carreteras congestionadas y adelantando por cualquier hueco que apareciera; realmente no se como sobrevivimos a aquella travesía, pero no dudaría en afirmar que aquello fue uno de los momentos más peligrosos de mi vida. Por suerte llegamos sanos y salvos al hotel de Recife y tras cenar salimos de noche y nos olvidamos de aquella loca aventura.

Al día siguiente regresé al barco a recoger ropa y me encontré al falso taxista en el portalón mientras intentaba vender marisco a los oficiales. Al verlo yo me reí y él conmigo; Recife no es precisamente una ciudad pequeña, pero me había encontrado al mismo personaje y haciendo una actividad completamente opuesta. Le dije “Que taxista ¿no?” y él me respondió “taxista, pescador, consigo prostitutas… hago de todo ¿Qué necesitas?“, “de ti y de tus amigos mejor no quiero nada” le espeté mientras entraba en el barco y le recomendaba al oficial que negociaba no comprar nada de él.

Un viaje sin fotos y un deseo de futuro

Os preguntaréis que paso con las fotos de este viaje, sencillamente no lo sabemos. La persona que quedó como garante de aquella improvisada cámara dejó olvidada la misma, bien en aquel infernal taxi o en hotel donde nos alojamos (él no se acuerda), pero sea como sea nunca llegamos a ver aquellas instantáneas; nos perdimos con ello la posibilidad de recordar mejor aquella aventura o mismo mostraros la foto de aquel guía estafador, así que solo me queda el consuelo de guardar aquel momento en mi mente y almacenarlo en el repertorio de batallitas de viaje para contar a los nietos.

A veces pienso que quizás alguien encontrase aquella cámara y reveló las fotos, por eso si un día regreso a Pernambuco a lo mejor me encuentro nuestras fotos en el mural de una cafetería o en la casa de alguien, ojala suceda porque sería divertido recordar en imagenes aquel loco y disparatado día en Olinda.


Olinda y la extraña historia de un viaje sin fotos
Actualizado el 31 enero,2017.
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